jueves, 6 de marzo de 2014

LA CAMA CRECIENTE de Eloy Moreno

Hay un autor muy especial para mí, que me toca la vena sensible y la rabiosa, porque sabe poner en palabras maravillosas mis pensamientos. Porque sabe decir como nadie lo que siento. Lo conocí con su primer libro El bolígrafo de gel verde, y tuve la inmensa suerte de que me tocara Lo que encontré bajo el sofá, en un sorteo...y con ese libro toqué el cielo. La reseña está aquí en el blog. http://laisladelasmilpalabras.blogspot.com.es/2013/11/lo-que-encontre-bajo-el-sofa-de-eloy.html
Tiene un relato que he leído varias veces y que me conmueve lo indecible...porque describe el amor, la soledad y la pérdida como nadie.
Con su permiso voy a ponerlo aquí. Podéis encontrar otros escritos y más acerca de él en http://www.eloymoreno.com


Eloy Moreno Olaria, nacido en Castellón de la Plana en 1976, es un escritor español que se ha dado a conocer tras la publicación de su primera novela, El bolígrafo de gel verde (2011).
Se tituló en Ingeniería Técnica en Informática de Gestión por la Universidad Jaume I. Acudió a talleres de escritura en esta misma universidad. Tras finalizar sus estudios universitarios estuvo trabajando en una empresa de informática hasta que aprobó las oposiciones a informático en el Ayuntamiento de Castellón de la Plana, donde continúa trabajando. Comenzó su andadura en la literatura autoeditando su primer libro, y llegó a vender más de 3.000 ejemplares. Este éxito junto a la labor de difusión realizada a través de las redes sociales hizo que la editorial Espasa decidiera reeditar la novela. Se han publicado 13 ediciones, con más de 80.000 ejemplares vendidos. En el mes de su lanzamiento con Espasa fue la novela más vendida de España.
Moreno también ha escrito varios relatos cortos. Con uno de ellos, La cama creciente ganó el II Concurso de Relato Corto 2008 organizado por el Casal Jove de Castelló en la categoría de 19 a 35 años.

Ahora es éxito de ventas con Lo que encontré bajo el sofá



La cama creciente

Primer Premio. Concurso Relato Corto. Ayuntamiento de Castellón 2008
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Hace ya tiempo que el mundo que rodea a Román se hace, día a día, más pequeño. Sólo hay algo que, ajeno a ese encogimiento de límites, no deja de crecer: su cama.
Es de noche ya en la vida de Román, un día más. Avanza, a través de un pasillo que nunca le pareció tan largo, hacia su habitación. Apaga la luz y, a oscuras, se detiene frente a una puerta que, en realidad, no desea abrir. Es su vieja mano la que, guiada más por la costumbre que por el deseo, empuja suavemente el picaporte hacia abajo permitiendo que las tres oscuridades -la del pasillo, la de su habitación y la que lleva escondida en el cuerpo- se confundan en una nube de tristeza.
Román avanza, con los ojos cerrados, sobre la moqueta, dejando la puerta abierta porque sabe que no va a entrar nadie. Llega, en apenas tres pasos, a la cama, a su parte de la cama, la más cercana a la salida. Se sienta en silencio, sobre un colchón que se queja a la mínima presión, mirando hacia el pasillo. Comienza a deshacerse de las zapatillas utilizando sus propios pies, pues ya no puede hacerlo con las manos. Un pie ayuda al otro a desvestirse y, después, el otro ayuda al uno. Son esos mismos pies los que colocan, ordenadas, ambas zapatillas juntas: izquierda y derecha, de izquierda a derecha. No se atreve a esconderlas bajo la cama; las deja, en cambio, a la vista, para poder tenerlas controladas, porque sabe que son capaces de huir y dejarlo, ellas también, allí abandonado.
Román se acurruca lentamente, horizontalmente, en silencio, mirando hacia la puerta, sobre el borde de la cama -que es a la vez la arista de su abismo-, casi fuera, casi en vilo. Esconde la mano izquierda bajo la almohada y la derecha queda colgando, con los dedos en permanente contacto con el suelo, para no separarse demasiado de la realidad.
Permanecerá así, en la misma posición, prácticamente toda la noche, sin apenas generar movimientos, sin apenas desplazar sonidos. No tendrá el valor suficiente para girar su cabeza porque es consciente de lo que no va a encontrar.
-Buenas noches -susurra.
Es de noche y es invierno: hace frío. Pero Román es incapaz de taparse porque sabe que allí, bajo las sábanas, en ese rincón donde nunca exploramos cuando dormimos, podría no encontrarse con los otros pies, con esos más pequeños pero tan viejos como los suyos, con esos con los que ha estado jugando desde hace tantos años. Por eso prefiere dormir destapado, porque entre la verdad y el frío, elige lo segundo.
Pasan los minutos y las horas, y los ruidos y las sombras, y los recuerdos y las dudas, y Román continúa despierto, en la misma posición, distinguiendo -gracias a esa luz que nunca se sabe de dónde nace, pero que es capaz de atenuar la más absoluta de las oscuridades- los perfiles de una habitación que desde hace demasiados días sólo ocupa él.
Y espera.
Y se mantiene así, estudiando la respiración que emite la noche; dibujando, con los dedos, pensamientos imposibles en el suelo; humedeciendo una almohada que últimamente casi nunca está seca.
Y espera.

Cuando la habitación ya no difunde ruidos; cuando piensa que ella ha podido dormirse; cuando los ojos le duelen más que los recuerdos, vuelve a intentar lo que más miedo le da cada noche: tantear la esperanza.
Desplaza, con movimientos suaves, la mano que, hasta hace unos momentos, escribía cartas en la moqueta, hasta su pecho. Se mueve lentamente para fijar, con los ojos cerrados, su vista en el techo, sabiendo que su cabeza no se atreverá a girar más allá.
Y espera.

Y escucha: nada.
Y espera.
Y respira, y desearía no hacerlo.

Y espera.
Deja pasar unos minutos más -le sobran tantos- y, entre el miedo y la vergüenza, comienza a alargar el brazo derecho en busca de la verdad -en realidad, en busca de la mentira-, en busca de esa parte de su vida que desapareció hace apenas unas semanas: en busca de ella. Arrastra sobre las sábanas su brazo, que se convierte en serpiente reptando en silencio, sin veneno, sin apenas vida. Un brazo que, a través de unos dedos encogidos, rastrea un presente que jamás llegará a ser futuro.

Cada noche su mano llega un poco más lejos: lo suficiente para no alcanzar la otra orilla de una cama que parece un océano; lo necesario para poder dormir, al menos unas horas, creyendo que ella continúa ahí, a su lado.
Y después de haber llegado hasta ese centímetro que supone el límite, después de no haber encontrado nada y justo antes de tocar el otro abismo, el contrario, Román se asusta y encoge rápidamente su mano, su cuerpo y su corazón. Vuelve, de nuevo, a su rincón, en el extremo contrario, acurrucado, derrotado…, en realidad, a la deriva.
Quizás -piensa Román- la cama esté creciendo.
Y ese pensamiento, el de que la cama se expande por las noches, le sirve de excusa ante la imposibilidad de encontrarla en el mismo lugar de siempre: a su lado. Mañana lo volverá a intentar pero no encontrará nada, porque lo que Román no sabe es que su cama crece al mismo ritmo que lo hace su búsqueda.
Y así pasa las noches un Román que, al día siguiente, se despertará tarde, lo suficiente para que ella ya se haya ido a comprar. Y aprovechará ese momento de soledad para levantarse y, sin fijarse demasiado en la cantidad de vida que ha ocupado la noche, hacer una cama que no está deshecha.
No abrirá la ventana porque prefiere que esa parte de la habitación permanezca a oscuras. Se vestirá con la ropa de ayer -como cada día-, se limpiará los restos de tristeza que se le han quedado varados entre las arrugas de la cara y saldrá a tomarse el mismo café que se toma cada mañana, en el mismo bar, con las mismas ganas.
Deambulará, durante la mañana, por las calles de un barrio que conoce de memoria, intentando esquivar preguntas sin respuesta, intentando que el tiempo -su vida, en verdad- pase lo más rápido posible. Intentará vivir como ha vivido hasta ahora, haciendo exactamente lo mismo que ha hecho siempre, para ver si esa rutina es capaz de enterrar una realidad que nunca será capaz de asumir.
Y se dirigirá al parque. Y sentado en un banco, leerá un periódico mientras observa el ir y venir de personas ajenas, el volar de palomas sin mensajes, el llover de recuerdos en sus propias mejillas…
Dejará pasar el tiempo suficiente para, justo antes de que ella regrese de la compra, iniciar el camino a casa. Volverá por las mismas calles de las que antes huyó, pero esta vez por la acera contraria. Llegará a un portal que cada vez está más lejos, subirá andando porque ella siempre bajaba en ascensor, entrará en casa y la encontrará como la abandonó: vacía.
Dejará el periódico en el sofá, sobre el resto de periódicos. Escribirá una pequeña nota sobre el resto de notas: “Hoy comeré en el bar de Andrés. Si necesitas algo, llámame al móvil. Te quiero”.
Y Román comerá solo, junto a un móvil que nunca ha sonado desde el extremo deseado, en el pequeño bar de la esquina. Y desde ahí, desde el vértice de sus esperanzas, pedirá un café que tardará una eternidad en tomarse. Desde ahí vigilará el resto de vidas, añorando cuando la suya también se escribía en plural. Desde ahí esperará el llegar de sus compañeros de partida, ahora también de tardes perdidas.
Ya por la noche, cuando cada vida haya escapado hacia su destino, Román mirará un reloj que ha perdido su sentido porque ya no puede llegar tarde a ningún sitio. Iniciará así, un regreso singular hacia su casa.
Entrará en silencio para no despertarla, quizás para no despertarse a sí mismo. Dejará las llaves sobre las notas sin leer, la mirada sobre la montaña de periódicos que comenzó siendo montón, y el corazón, escondido hasta ahora en el bolsillo de la camisa, sobre el recibidor con la esperanza de que mañana alguien lo recoja.
Apagará la luz y, a oscuras, se detendrá frente a una puerta que, en realidad, no desea abrir. Será su vieja mano la que, guiada más por la costumbre que por el deseo, empujará suavemente el picaporte hacia abajo dejando que las tres oscuridades -la del pasillo, la de su habitación y la que lleva escondida en el cuerpo- se confundan en una nube de tristeza.
Román avanzará, con los ojos cerrados, sobre la moqueta, dejando la puerta abierta porque sabe que no entrará nadie. Llegará, en apenas tres pasos, a la cama, a su parte de la cama, la más cercana a la salida. Se sentará en silencio, sobre un colchón que se quejará a la mínima presión, mirando hacia el pasillo. Comenzará a deshacerse de las zapatillas utilizando sus propios pies, pues ya no puede hacerlo con las manos. Un pie ayudará al otro a desvestirse y, después, el otro ayudará al uno. Serán esos mismos pies los que colocarán, ordenadas, ambas zapatillas juntas: izquierda y derecha, de izquierda a derecha. No se atreverá a esconderlas bajo la cama; las dejará, en cambio, a la vista, para poder tenerlas controladas…
Y ya bien entrada la noche, justo antes de que el sueño acabe por derrotarlo, Román volverá a explorar esa parte de la cama que durante tanto tiempo ha estado ocupada. Volverá a intentarlo sin poder llegar a la otra orilla porque, en realidad, no desea hacerlo. Y es que Román es consciente de que sólo podrá seguir soportando la realidad mientras sea capaz de vivir bajo una mentira. Por eso ha adaptado su mundo a su anterior vida, a la única que ha disfrutado.
Eloy Moreno

3 comentarios:

  1. Precioso texto, muy triste, pero maravillosamente escrito. Eloy Moreno es un autor que todavía tengo pendiente.
    Me quedo por aquí :) besos.

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